Un amor de aprendizaje - Reflexión sobre madrinazgo♥

La definición de ahijado dice, entre otras, que se trata de una persona que recibe protección. Es increíble cómo el lenguaje a veces necesita la ayuda de los gestos para completar lo que en verdad significa una palabra.

En el vínculo de padrinos y madrinas con sus ahijados encontramos un amor distinto y exclusivo: pensemos que no todo el mundo tiene el privilegio de acceder a él. Encontramos matices, tiempo, y ese afecto para el cual las definiciones no alcanzan.

Me convertí en madrina por primera vez a mis doce años. Tengo un vínculo tan cercano con mi madrina que me pidió continuarlo con su hijo Guille. Me acuerdo que pensé ¿Qué tengo que hacer como madrina? ¿voy a ser buena, me va a querer? ¿y si me equivoco en algo? Siempre estuvimos en la vida de cada uno, presentes. Todos esos temores dejaron de existir ni bien lo vi con su mamá. 

Varios años más tarde una alegría nueva llegó a mi vida: ¡iba a ser madrina por segunda vez! El día del bautismo de Bianca entendí el valor del compromiso, ese que viene del lugar del amor y que se mueve por sus reglas. Tan bebita estaba invitándome a su vida a través del sacramento. Ese lazo que había nacido en mi amistad con su mamá tantos años atrás, ahora se volvía unión y familia.

Y hace tres años recibí la noticia: mi hermano iba a ser papá y entonces yo iba a ser tía. Sí, ¡y también me nombraron madrina! Ellos viven en México así que con Lionela nos hacemos video llamadas: compartimos nuestros días y todas las cosas nuevas que aprende desde caminar, hablar o bailar. 

Con los años me fui dando cuenta que lo más importante es el tiempo que compartimos juntos con mis ahijados, aunque sean los tres tan distintos, algo tan simple como estar presentes nos cambia el día y nos hace igual de bien. Ser madrina es emprender un amor único de aprendizaje.